Laguna
Dan sobre la orilla, bajo cipreses calvos, mirando al norte. Entre la casa y el agua hay una franja de reserva que no se va a construir nunca: la vista es tuya y va a seguir siendo así.
72 chacras sobre 300 hectáreas a orillas de la laguna. Bosque, campo y agua, con club, caballerizas y una reserva natural que no se toca.
Es la misma decisión y el mismo momento de la vida, pero con dos resultados que no se parecen en nada. En un caso ves la casa del vecino desde la cocina. En el otro plantás un monte, hacés una huerta, metés caballos y todavía te sobra campo.
La chacra más grande mide 45.390 m². La más chica, 30.000. No hay ninguna por debajo de eso: se eligió el tamaño por encima de la cantidad.
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Dan sobre la orilla, bajo cipreses calvos, mirando al norte. Entre la casa y el agua hay una franja de reserva que no se va a construir nunca: la vista es tuya y va a seguir siendo así.
Montes de eucaliptos y pinos que dan reparo del viento y cambian de color con las estaciones. Sombra en enero, luz filtrada en junio, y el ruido del monte en lugar del ruido de la calle.
Ondulaciones suaves y pastos naturales, con panorámicas que van del suelo al cielo sin nada en el medio. Es el escenario para quien quiere ver lejos y plantar lo suyo desde cero.
Ensillás y salís a recorrer las 300 hectáreas sin cruzar un semáforo.
Parrilla cerrada y al aire libre, mesas largas, y un tren de vagones viejos con bodega, comedor, microcine y sala de juegos.
Fútbol 11 iluminado, fútbol 7, fútbol playa, pádel y bochas. Y piscina con solárium para el verano.
Plaza de juegos y huerta común. Los chiquilines salen a la mañana y vuelven cuando tienen hambre.
Entre el agua y las chacras hay una franja de reserva natural de propiedad común que se conserva en estado silvestre. No es un parque armado ni una zona a desarrollar más adelante: es el colchón que separa la laguna de las casas.
Por eso la densidad es la que es —una casa cada tres hectáreas— y por eso hay reglamentos de arquitectura, de convivencia, de especies nativas y ambiental que firma cada propietario.
En Marindia, sobre la Costa de Oro, entre la laguna y el mar. Se puede vivir acá todo el año y seguir trabajando en la ciudad: los vagones del club tienen hasta un espacio para trabajar.
Por eso lo único que te pedimos es que vengas. Una hora, sin compromiso, con alguien del equipo que conoce cada fracción.
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